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lunes, 21 de diciembre de 2009

La cena de empresa


Ayer tuve la cenita de empresa. Me volvió a pasar.
Antes de salir, mientras ajustaba el nudo de la corbata, me juré una y otra vez que no pasaría de la segunda caña antes, y de la segunda copa de vino en la cena. Y luego nada de nada. Agua.
Empezamos con los chascarrillos del año que ya acaba, con los consabidos chismorreos malpensados de la oficina, los supuestos rolletes de alguna secretaria y las visitas secretas al archivo de ciertas "oficinistas y oficinistos". Cayeron tres o cuatro cañas, y antes de la cena ya estábamos los cuatro amiguetes algo graciosillos, que si la Maripuri está cada año más buena, que si vaya melones se ha puesto la niña de la segunda planta...
Durante la cena recuerdo los langostinos... y una especie de sopa. Poco más. Bueno, sí: vino blanco, rosado y luego tinto. Al principio lo tomábamos en copas, pero luego degeneró la cosa y acabamos brindando con la botella de champán, con la servilleta anudada en la cabeza y la corbata floja. Comenzaron los cánticos regionales, los villancicos y los chistes verdes.
Don Ramón tuvo que mandarnos callar para poder hacer su discurso. En ese momento, el señor Director General me pareció que tenía la cara más chistosa del mundo y no podía parar de reir. Menos mal que mi compañero me agarró del cuello y me llevó a refrescarme la cara.
Ya fresquito, con la corbata en el bolso y los zapatos remeados, volvimos a la mesa y nos sumamos a los postres, al café, copa y puro.
Desde la mitad del puro en adelante tengo una nebulosa lejana sobre los acontecimientos. Sé que acabamos en una discoteca, bailando, haciendo corro a la Maripuri y a la niña de la segunda planta. Nos tomamos todas las copas que pudimos tragar y que no derramamos de puro patosos que íbamos. También le entramos a las chicas de contabilidad, a la secretaria de Don Ramón y hasta a la chica del ropero.
Al final de la noche, borracho como un piojo, conseguí meterme en un taxi y enseñarle mi DNI al conductor. Me dormí en el trayecto.
Cuando me desperté, zarandeado por el taxista, no quise bajarme. Pensé que el hijoputa me había llevado a la calle de los puticlús, todo lleno de luces rojas y azules, parpadeantes.
El buen hombre tardó en convencerme de que eso no eran puticlús, sino las luces navideñas de mis vecinos. Siento enormemente la pota que le eche en el asiento trasero.
Al entrar en casa, me fijé en la fachada del vecino: tenían al pobre Papanoel ahorcado, colgando desde una ventana. En mi casa también somos más de Reyes Magos, pero no somos tan radicales.
Conseguí entrar y desplomarme en el sofá. No hubo güevos a subir y despertar a mi santa esposa. A ver qué le iba yo a contar... lo de que estos cabrones de la oficina me han liado ya no cuela. Me pasa todos los años.
Y el lunes a ver con qué cara entro yo en la oficina y le digo: buenos días, Maripuri, ¿algún mensaje?


¡¡Felices fiestas a todos!!

7 comentarios:

Susana Eevee dijo...

Je, je... Buen relato. Me ha arrancado una gran sonrisa.

¡Felices Fiestas para ti también, Esteban!

Marta Abelló dijo...

Ja,ja,muy bueno! ¡Feliz Navidad!!!

Pableras dijo...

Me recuerda un poco a mi en mi primera cena :D jajajaja

STB dijo...

Es que las cenas de empresa tienen un peligro...
A todos nos ha pasado alguna vez. Bueno, a mi no. Por supuesto.

Igor dijo...

¿A cuántos de nosotros nos ha pasado lo mismo? No pasaré de la segunda copa de vino.
Y es que la cena de empresa de Navidad es un truma, un agobio que te retrotae a la niñez. ¡Siéntate aquí y quédate quieto!
Menos mal que te lo tomas con humor. Me he reído, y más con el taxista.

Belen dijo...

je je je

¡qué bueno! Si es que las cenitas de empresa se las traen.

Me he reído mucho

STB dijo...

Gracias, espero que no nos vuelva a pasar.
Bueno, que a mí no me había pasado nunca...

Me alegro de que os guste.